UN EXCELENTE ANALISIS DE LA GRAN PERIODISTA ITALIANA BARBARA SPINELLI SOBRE LA CRISIS SIN SOLUCION EN PALESTINA
LEED, MEDITAD Y DEDUCID.
GIORGIO BONGIOVANNI
19 DE ENERO 2009
Editorial de Barbara Spinelli para el periódico italiano La Stampa
No mucho tiempo antes de la ofensiva contra Gaza, el premier israelí Ehud Olmert se hizo a si mismo y a su pueblo una pregunta helada, sin precedentes. Una pregunta que no se refería a los valores y a la moral, sino a la pura utilidad.
Era el 29 de septiembre y en una entrevista a Yewdioth Ahronoth denunció cuarenta años de ceguera: la de Israel y la suya. Dijo que había llegado el momento, que no se podía aplazar, en el que el Estado tenía que mutar su naturalezza y decidir como quería vivir y sobrevivir: haciendo guerras permanentemente o buscando la paz con los vecinos.
No negó las culpas de Hamas y de muchos Estados árabes, pero invitó a los connacionales a que se concentraran sobre «su propio fardo de culpa». El fardoconsistía en el automatismo del pensamiento militarizado: «¿Los esfuerzos de un primer ministro tienen que tener como fin la paz o constantemente aspirar a que el país sea más fuerte, más fuerte, más fuerte, con el objetivo de ganar una guerra?»
Añadió que personalmente no podía más que leer los informes de sus generales: ¿Es posible que no hayamos aprendido absolutamente nada?” Para ellos existen solo los tanques y la tierra, el control de los territorios y los territorios controlados, la conquista de esta y de esa colina. Cosas que no tienen valor”. El único valor que había que buscar era el de la paz, a la que se puede aspirar con una condición: liquidando las colonias, restituyendo “casi todos, o todos los territorios”, dando a los palestinos “lo equivalente de los que Israel tendrá para si”. Devolver a Siria el Golán, a los palestinos parte de Jerusalén. Así habló el primer ministro de Israel, no un preconcebido enemigo del Estado ebreo y de su pueblo.
Parece que ha pasado un tiempo enorme desde estas palabras y ahora no son más que humo, como en el «Qohèlet». Entonces la oportunidad era imperativa, cercana. Apenas tres meses después se decreta la guerra «sin alternativas». Entonces Olmert parecía que escuchaba a los intelectuales contrarios a las soluciones bélicas: Tom Segev, Gideon Levy, Abraham Yehoshua que ha sido uno de los primeros que ha invocado en La Stampa los tres días de tregua.
Tres meses después se abre brecha de nuevo el pensamiento militarizado y el disenso disminuye. No quedan más que Segev, Gideon Levy, Yossi Sarid. Incluso Yehoshua considera vana una reacción proporcionada a los mísiles de Hamas “porque la capacidad de soporte y de resistencia de los palestinos es infinítamente superior a la de los israelitas”. La pregunta helada de Olmert, en septiembre, era la siguiente y vale todavía: “¿Qué haremos después de haber ganado la guerra? Pagaremos precios caros y después de haberlos pagado tendremos que decir al adversario: empezemos a negociar”. Según Olmert, Israel estaba en un cruce: “Durante cuarenta años nos hemos rehusado ver la realidad con los ojos abiertos (…). Hemos perdido el sentido de las proporciones”.
No son pocas las cosas que se intuyen, aunque se haya prohibido a los periodistas estar en el teatro de la guerra. Ese pasaje que vemos en las pantallas desde hace días, en la espalda del reportero, es prácticamente toda Gaza: no más de 40 km. de larga, 9,7 km de ancha. Con sus 360 km cuadrados Gaza es más pequeña que Roma y viven 1,5 millones de palestinos. Es inevitable que en una franja tan pequeña sean tantos los civiles que caen (la mitad de los muertos, según algunas fuentes). Es inevitable preguntarse si los que gobiernan Israel no persisten en la ceguera, cuando niegan que su guerra sea contra los civiles y que sea un desastre humanitario.
Israel tiene serias razones que aducir: los misiles de Hamas en las ciudades del Sur, desde hace años y a pesar de la retirada unilateral deseada por Sharon en el 2005, causan angustia y un cólera indecible, aunque no sean muchas las personas muertas. Pero hay cosas que no se dicen de quien se indigna con razón: cosas que esconden a ellos mismos, duras de admitir, que no corresponden a verdad.
No es verdad ante todo que el Estado israelita reaccione sin querer penalizar a los civiles. Apuntando a los lugares de donde parten los misiles de Hamas, sabe que Hamas y los misiles se desplazarán a otro sitio que en esos lugares no se quedarán más que los civiles: viejos, mujeres, niños. Lo dicen ellos mismos a los periodistas: «Cuando parte un misil cerca de nuestras casas, escuelas, mosqueas, sabemos que no sufrirá las consecuencias Hamas, sino nosotros». La pregunta es tremenda: ¿Cómo explicar a los habitantes de Gaza la diferencia con represalias que, como en Marzabotto, sacrificaron cientos de civiles en lugar de los militantes imposibles de hallar ?
Segundo: no es verdad que no existen alternativas al ataque aéreo y terrestre. Si la tregua con Hamas no ha funcionado es porque nunca inició de verdad. Porque los colonos se habían ido de la franja, pero Israel seguía controlando el territorio desde los cielos, el mar, las fronteras. El cese al fuego negociado en junio preveía la conclusión del lanzamiento de misiles palestinos pero también la remoción del bloqueo de Gaza, imputable a Israel. Los misiles han disminuido, aunque no hayan desaparecido: caían cientos de ellos entre mayo y junio, han caído menos de veinte en los 4 meses siguientes. Nada ha cambiado sin embargo en lo que se refiere al bloqueo.
Este es el “fardo de culpas” israelitas, que no es pequeño, y una vez más la geografía ayuda a comprender. Dice el gobierno de Israel que desde el 2005 Gaza pertenece a los palestinos, pero no ha servido de nada. También esto es falso, porque siendo que Gaza está privada de autonomía, no se le ha puesto a prueba. No le falta solo el control del aire, del mar. Hay seis puntos de pasaje que deberían permitir el tránsito de alimentos, agua, electricidad, hombres (a lo largo de la frontera con Israel el paso Erez al Norte, los pasos Nahal Oz, Karni, Kissufim, Sufa en el Este; en la frontera con Egipto el paso Rafah) y todos están cerrados. Para una miga como Gaza es imposible vivir sin relación con el exterior y están bloqueados desde que Hamas ha ganado las elecciones y ha roto con Fatah. También en este caso una población entera paga por los políticos y cuando el cardenal Martino habla de campo de concentración (otros hablan de prisión al aire libre) no está lejos de la realidad. Los túneles sirven para hacer contrabando de armas, es verdad. Pero también para transportar alimentos, medicinas, recambios industriales. El desastre humanitario en Gaza no empieza hoy. Ese millón y medio está ahí porque lo puso ahí el ejército israelí en 1948.
El castigo es la palabra clave en muchas guerras israelíes. Pero el castigo que recae sobre las masas civiles en realidad no castiga a nadie y alimenta la ira homicida en los contemporáneos y en los descendientes. Es una especie de venganza exhibida. Es una guerra terapéutica que libera de inhibiciones morales. No es solo feroz, sino también vana. Los misiles de Hamas siguen cayendo e incluso han ampliado el radio de acción: ahora ya caen en Beer Sheva (a 36 km de la central nuclear de Dimona) y en la base de Tel Nof (a 27 km de Tel Aviv).
Gaza y Cisjordania dependen más que nuncan la una de la otra. Lo que sucede en Cisjordania ha pesado amargamente en Gaza y pesa todavía. En este caso sí: no hay alternativa a la descolonización y a la retirada. También Israel, como muchos imperios, tiene que pasar por ahí. Tiene que dejar de separar los teatros de acción: de edificar nuevas colonias cada vez que negocia y cada vez que guerrea en otros frentes, en Líbano y en Gaza. Es lo que teme también hoy Dror Etkes, coordinador de la asociación israelita Yesh Din (voluntarios por los derechos humanos) : «Puedo certificar que precisamente en estas horas están allanando tierras en Cisjordania para una nueva colonia en Etz Efraim y para una avanzada en Kedumim». En un libro de Idith Zertal y Akiva Eldar (Lords of the Land, New York 2007) está escrito que la paz no se puede alcanzar si no se reconoce que cada colonia, y no solo las así llamadas avanzadas ilegales, viola la ley internacional; si no nos despojamos de la obsesión de las armas y de las tierras idolatradas, que el mismo Olmert ha denunciado hace pocas semanas.
La Stampa 11 de enero 2009.
Si Obama hablase con el enemigo
De Barbara Spinelli
Las grandes esperanzas que se han encendido con Obama, la víspera de la ceremonia de inauguración del martes que lo instalará en la Presidencia, se parecen bastante a las Grandes Esperanzas que acompañan a “Pip”, el protagonista del romance de Charles Dickens. Solo aparentemente el romance narra una promesa de renovación personal, social: lo que narra es en realidad un fatigoso aprendizaje, un entrenamiento a la realidad. Pip, como Obama, tiene que aprender a caminar por si solo y sobretodo a evitar que lo “lleven de la mano” los que aún hoy son invasores, paternalistas. Pip es hijo de obreros, tiene zapatos grandes, manos feas. Su vida cambia cuando un desconocido bienhechor le deja sus bienes concediéndole precisamente “Great Expectations”. Pero el cambio verdadero dependerá de él, de lo que hará con ese regalo.
Como ha escrito Kissinger en el Herald Tribune: la mágica ascensión de Obama “define una oportunidad, no una política”.
El mundo que Obama hereda se le presenta lleno de ruinas y profundamente equivocado. También el de Bush abrigaba efectivamente Grandes Expectativas. Pero eran promesas inmateriales, capciosas, que no le han enseñado nada a América y que además la han corrompido, sustituyendo la ideología con la realidad. Es un mundo que ha producido una “mezcla letal de arrogancia y de ignorancia”, escriben Robert Malley y Hussein Agha en el New York Review of Books del 15 de enero, en describir la extrategia norteamericana en Medio Oriente. Hay una especie de milagrismo también en la espera de Obama, reforzado por el hecho de que será el primer presidente negro y que corona una historia dentro de la historia nacional, que le relaciona no solo a Abraham Lincoln sino también a Martin Luther King. Su aprendizaje será duro porque tendrá que responder a las Great Expectations y al mismo tiempo no ser rehén de quien pretende haberle convertido en un rey “llevándole de la mano”. Percibido como mesías, tiene que romper con los “mesianismos” que desde hace siglos capturan las mentes americanas.
El aprendizaje se da solo en la soledad, bajo forma de una amplia desintoxicación que salve la esperanza, pero que sepa también apagarla cuando es irreal. Son muchas y distintas las substancias tóxicas de las cuales se tendrá que depurar el organismo y como medicina urgen terapías radicales : suministración de antídotos, transfusión de sangre, inhalación de oxígeno. En la política es necesario cambiar los paradigmas, como suelen decir los expertos de las finanzas; despedirse de las ilusiones de omnipotencia y de las ideologías que dominan la política extranjera, militar y climática. Es así de poliédrico el cambio que se requiere que la comparación con la transfusión de sangre no está fuera de lugar.
Las substancias tóxicas no han envenenado solo los ocho años de Bush. Son decenios que el Estado americano fabrica burbujas, hipnotizado por el espejismo de contar con una fuerza autosuficiente y universalmente hegemónica. En economía ha imaginado que se podía vivir endeudándose sin límites, consumando sin criterio y fiándose de un mercado que como por magia se autoregula; en política extranjera y militar ha creído de poder modelar el planeta según su propia idea del bien y del mal y no según la utilidad que la mayor parte de los individuos consideraba oportuna. Y sobre este tema la arrogancia se ha unido a la ignorancia, impidiendo a los Estados Unidos tomar en consideración los intereses de otros países y de los nuevos potentados locales; de reconocer sus propios límites además que los límites, en general, de un Estado-nación ocupado en afrontar males y desafíos que ya no es capaz de señorear por si solo.
El tipo de la burbuja es antiguo porque remonta a la idea de la América “faro en la colina”, que tenía que civilizar el mundo, dotada de una supremacía moral y política incorrupta. Dar continuamente una de cal y una de arena forma parte de esta presunción, humillante para los países que son objeto de ello: nadie –quitando quizás Al Qaeda- hablaría así de las relaciones con Washington. No es verdad que Bush se haya desinteresado del Medio Oriente, de Irán, de Asia, de Europa. Según Malley y Agha se ha interesado incluso demasiado, disminuyendo por ejemplo en Israel el sentido de su propia responsabilidad, de las fronteras geográficas, del límite: Israel tiende a cumplir algún progreso, cuando Washington desaparece y los que hacen de mediadores son quizás los europeos o los turcos. Lo mismo se puede decir de Rusia: cuyos chantajes o vejaciones (en el Caucaso, sobre el gas) son posibles porque América promete un flanqueo y una presencia –en Georgia, Ucraina- completamente engañosas.
Es el motivo por el cual los realistas, en Israel, hoy piden a Obama que empiece finalmente a hablar con las fuerzas generadoras de los conflictos, aunque sean enemigos mortales de Israel como Hamas, Hezbollah, Irán. (“Siga adelante por su camino, Presidente, no escuche a ningún grupo de poder”, escribe Yossi Sarid en Haaretz). En un importante artículo en el New York Review of Books, tres autores (William Luers, Thomas Pickering, Jim Walsh) sostienen que Europa tendría que dar vida a un consorcio con Teherán, favorecido por Obama, que produzca uranio enriquecido en Irán (la fórmula multinacional tiene la ventaja de implicar controles multinacionales). Obama, mientras tanto, debería entablar con Teherán coloquios sin precondiciones, después de las presidenciales iraníes en junio, teniendo en cuenta los intereses de ambos: Irán es esencial para pacificar Irak y también Afganistán, dado que es hostil a los talibanes sunitas. Las sanciones no corren el riesgo de fracasar: ya han fracasado. Así como han fracasado las guerras de Bush: porque han dado origen a caos en el mundo, en vez de estabilidad, satisfaciendo solo por un breve periodo el deseo norteamericano de dominarlo.
Los neocon (neo-conservadores) que han apostato sobre Bush han sido protagonistas durante años de una guerra personal y ensañada contra la realidad, creando mitos repetidamente. Un episodio que contó el periodista Ron Suskind lo demuestra. En el 2002, antes de la guerra de Irak, un consejero de Bush (Karl Rove) le dijo: “El mundo hoy funciona de forma completamente distinta de como imaginaban iluministas y empiristas. Nosotros ya somos un imperio y cuando nos ponemos en acción creamos una realidad nuestra. Una realidad que vosotros observadores estudiais y sobre la cual después creamos otras que vosotros estudiareis aún » (New York Times 17.10.04). La “reality-based community” vivía de hechos, mientras quien vive en el show mistificatorio transciende de ellos, hasta cuando la realidad actua su venganza.
La ruptura con la realidad se ha demostrado contagiosa: desde ahora y en los próximos años será conveniente recordarlo. La quimera del Estado-nación autosuficiente, la prepotencia en conjunto con la ignorancia, rehusarse a negociar, privilegiar el breve plazo respecto del largo, la costumbre de transgredir la legalidad internacional: son venenos de los que la administracción americana tiene que desintoxicarse, pero también Europa, el mundo. Es importante el anuncio de Obama: respetará las convenciones internacionales sobre la tortura y los prisioneros de guerra; cerrará Guantanamo.
Son los civiles los que pagan quimeras y mentiras. Pagan en economía, porque el fundamentalismo del dejar pasar ha afectado a la gente común y no solo Wall Street. Pagan en Gaza y en el Sur de Israel, con la sangre, la muerte o el terror. Pagan en Europa, donde millones de ciudadanos se congelan porque los nacionalismos rusos y ucranianos no gozan de acuerdos multilaterales.
El histórico Andrew Bacevich ha escrito que a los grandes americanos raramente se les escucha en su patria, porque dicen cosas realistas y por ésta razón desagradables, poco cautivantes (The Limits of Power: The End of American Exceptionalism, New York 2008). Descubrir de nuevo esa tradición forma parte de la desintoxicación. En la soledad Obama podrá encontrar el realismo de Reinhold Niebuhr, el teólogo profeta que en la segunda post-guerra denunció el excepcionalismo americano y “el sueño de manipular la historia, nacido de una peculiar combinación de arrogancia y narcisismo: una amenaza potencialmente mortal para los Estados Unidos”.
La Stampa 18.01.09