NO HAY PAZ SIN JUSTICIA
de Salvatore Borsellino
Se acerca el 17º anniversario del estrago de Via D’Amelio, 17 largos años durante los cuales se han alternado dentro de mi sentimientos absolutamente contradictorios.
Primero la exaltación por la que parecía ser la reacción de la conciencia civil ante esos dos estragos tan terribles y tan cerca el uno del otro.
Esa reacción que hizo que la gente que estaba presente en los funerales de los jóvenes de Paolo, echaran fuera a empujones con los puños y bofetones a todos los políticos que se disputaban entre ellos los puestos delante de esos ataudes. En primera fila, allí donde les podían filmar mejor las televisiones de todo el mundo que estaban presentes en ocasión de un evento así de trágico, como el asesinato de dos jueces, que todo el mundo conocía, a una distancia de 57 días…
No importaba que esos ataúdes estuviesen casi vacíos, no importaba que las madres, los padres, los hermanos de esos jóvenes estuviesen detrás de esa fila de buitres con caras doloridas para la ocasión. Eran las mismas madres a quienes la madre de Paolo quiso besar las manos una a una diciéndoles que habían dado la vida de sus hijos por su hijo. Pero para esos buitres, eran solo carne para sacrificar, para mandar indefensos a hacer de escolta a un juez indefenso, es más, a un juez colocado a propósito bajo el objetivo de sus asesinos. Carne para sacrificar, por la que se puede perder el tiempo de una misa, de un funeral, para después olvidar, al máximo con la recompensa de una medalla de oro a la memoria, para los que habían tenido la suerte de morir y de una indemnización, como si se pudiese indemnizar la pérdida de un hijo, de un hermano, mandado a morir solo porque se había dedicido que ahora había que negociar, establecer una forma de convivencia y de repartición del poder con quien primero era el enemigo contra quien luchar, todo por los “intereses del Estado” que están por encima.
Pero a pesar de un cordón de 4.000 policías que habían venido a propósito desde fuera de Sicilia, porque ninguno de los compañeros de esos chicos se hubiera ofrecido a hacerlo, esos policías no pudieron o no quisieron, hacer de pantalla a quien no merecía de ser defendido y ese funeral estaba por trasformarse en un linchamiento.
Después los funerales de Paolo, donde la gente se agolpaba, intentaba por lo menos tocar el ataúd de su juez, gritando “Paolo, Paolo, Paolo”, con un único grito que continuaba y que daba miedo a quien tenía que dar miedo y que sin embargo llenaba de esperanza los corazones de las personas honradas. Que hacía creer que ese sueño por el que Paolo había muerto se pudiese ahora realizar gracias a esa masa de gente que después de la muerte de Paolo había encontrado la fuerza de rebelarse.
Después las sábanas, colgadas en los balcones de Palermo, esas sábanas que querían decir «yo, que vivo aquí, con este nombre, con mis hijos, con mi familia, no tengo miedo de estos criminales y quiero combatir contra ellos, Paolo me ha dado la fuerza de hacerlo».
Parecía una promesa, la promesa de realizar todos juntos ese sueño por el que Paolo y sus chicos habían dado la vida.
Después la ilusoria respuesta del Estado, los detenidos de mafia transportados a Pianosa y a la Asinara, el 41 bis, las leyes especiales. Ilusiones, solo ilusiones.
Nunca ha habido en Italia una voluntad autónoma del Estado de combatir la criminalidad organizada y esta lucha siempre se ha hecho viva después de la reacción de sectores individuales del Estado, de hombres individuales, magistrados, policías, periodistas, sindicalistas, que precisamente por su soledad han sido expuestos a la venganza de quien tenía motivos para creer que eliminándoles esa reacción del estado se hubiera debilitado hasta que se hubiese apagado, o hasta el próximo estrago. Y con los estragos, desde Portella de la Ginestra en adelante, han sido piloteados los equilibrios políticos en Italia, estragos de Estado. Estragos sin motivo aparente, sin ideólogos sometido a sus responsabilidades, solo en alguna ocasión ha habido algún ejecutor procesado y condenado. Gracias a muchos despistajes y complicidades en el ámbito de los servicios desviados del Estado, se les ha podido asegurar a menudo una clandestinidad dorada en países lejanos.
Después los colaboradores de justicia, los procesos. Uno de estos, Scarantino, que se autoacusa del robo del coche que fue llenado con tritol, después retira su declaración, después vuelve a confirmar. Llegan las condenas, también perpetuas para los vértices de la asociación mafiosa y para muchos que han colaborado en la organización del atentado. Pero falta algo. No se sabe, o no se quiere saber, de donde ha sido activado el detonador que provocó la explosión en Via D’Amelio, no se sabe, o no se quiere saber quien es,o a que organización perteneciese, el que apretó el botón, no se sabe o no se quiere saber de dónde partieron toda una serie de telefoneadas de célulares clonados que estaban usando miembros de la criminalidad organizada y a miembros de los servicios del Estado que, solo por amor a la patria podemos definir desviados.
Hay quien lo sabe, gracias a sus técnicas adelantadísimas y al software que él mismo ha desarrollado y del que dispone está en condiciones de demostrarlo basándose en el cruce de datos relevados de los tabulados telefónicos. No de interceptaciones, sino de datos relativos al simple tráfico telefónico y a los módulos de memoria que han gestionado este tráfico. Se llama Gioacchino Genchi, vicecuestor de la policía en expectativa, que ha colaborado con las fiscalías de toda Italia y cuyos asesoramientos han permitido entregar en manos de la justicia cientos de criminales. Precisamente por este motivo, por estas capacidades que tiene, debe de ser eliminado. No eliminado con el tritol, sino como se hace hoy, con métodos que no requieren la necesaria reacción del Estado para callar la opinión pública. Con los mismos métodos que han sido adoptados con Luigi de Magistris, con Clementina Forleo, Luigi Apicella, es decir, con la delegitimación, con la condena por parte de un CSM (Consejo Superior de la Magistradura) que se puede decir subordinado y orgánico del poder y con la destitución del cargo y de sus funciones. Es decir con la muerte civil, con un método tan infame que hoy me hace pensar que es mejor que Paolo haya sido matado con el tritol y no de esta manera. Si se hubieran escuchado las intuiciones de Genchi que dos horas después del estrago del 1992 fue a llamar a la puerta del Castillo Utveggio para identificar las muchas personas que esa tarde, una tarde de domingo, estaban ahí, hoy los ideólogos de ese estrago estarían en la cárcel, en vez de ocupar los más altos cargos en las jerarquías institucionales. Pero esos procesos no se han hecho y no se deben hacer y es por este motivo que Gioacchino Genchi tiene que ser eliminado y no por un misterioso archivo ilegal que no existe, que consta efectivamente solo de tabulados telefónicos legítimamente adquiridos por encargo de fiscalías y que han sido devueltos al final de la investigación y de todo lo relacionado con ellas. Los asesinos y sus cómplices han pensado en todo, en casi todo, han pensado en prohibir o en hacer que sea imposible efectuar las interceptaciones, pero se han olvidado de un particular, de lo que se puede descubrir a través del trazado del tráfico telefónico y ahora están obligados a salir a la luz y volver a la escena del delito para hacer desaparecer también esta última huella olvidada. O almenos para evitar que pueda ser utilizada.
Se sabe quien ha tomado el portafolios de cuero de Paolo de su coche mientras ardía. Se sabe porque existen las fotos donde se le ve mientras se aleja tranquillamente con esa bolsa en la mano, pero no se sabe, no se quiere saber, a quien se le entregó esa bolsa y quien robó la Agenda Roja que estaba dentro. Una agenda en la que Paolo anotaba todas las confesiones de los colaboradores de justicia, las revelaciones sobre infiltraciones de la criminalidad organizada dentro del Estado y sus reflexiones en esos días tremendos en los que decía siempre «tengo que darme prisa, tengo que darme prisa». De prisa, porque sabía que le habrían matado también a él. Se sabe, pero no se debe de saber, quien era «alfa» y «beta», dos nombres a los cuales Paolo hacía referencia en una entrevista con dos periodistas franceses poco antes de morir, casi un testamento, un mensaje para futura memoria, pero que precisamente por este motivo no debe de verse, no debe de leerse, lo deben hacer solo aquellos que testarudamente la van a buscar a través de aquello que nos ha quedado como último baluarte de libertad en Italia: la red. Y sobre lo que no se sabe, lo que no se puede saber, los procesos no consiguen seguir adelante, quedan bloqueados, depositados debido a solicitudes de archivación con las que los mismos fiscales encargados de las indagatorias no están de acuerdo, pero que son forzadas por los jefes de las fiscalías colocados en el sitio justo en el momento justo o que hacen que se encuentren en ese puesto en el momento justo. Y los jueces que quieren ir hasta el fondo, esos que quieren llegar a la verdad que no se debe de saber se ven obligados a trasladarse. Se sabe que Paolo el 1 de julio del 1992, mientras interrogaba a Gaspare Mutolo, fue llamado por el ministro Mancino al Viminale, se sabe porque fue él mismo el que lo dijo: “Me ha llamado el ministro, falto dos horas y vuelvo”. Se sabe porque por la noche escribió en su agenda gris en la página de ese día, a las 19 :30, un nombre: Mancino. Se sabe porque el fiscal Aliquó le acompañó hasta la puerta y le vió entrar donde el ministro. Se sabe. Pero no se tiene que saber, no se tiene que saber como Paolo salió trastornado después de que se le comunicara que tenía que dejar sus investigaciones, sus coloquios con los arrepentidos, porque el Estado había decidido bajar a pactos con la mafia. Y entonces, para no tener que decirlo se recurre a supuestas amnesias, a exhibiciones pueriles de calendarios vacíos, a sostener innóblemente que no conoce a Paolo Borsellino, un juez cuya cara en esos días era conocida por todos los italianos, pero evidéntemente no por el Ministro del Interior, que no se recuerda de haber estrechado esa mano entre otras muchas. Durante años, siete largos años, ante el muro de goma en contra del que chocaba mi búsqueda de Justicia y de Verdad no era capaz de hablar más, no he podido encontrar esa fuerza que me animaba a llevar a los jóvenes, sobretodo los jóvenes, en los que Paolo ponía su esperanza en el futuro, como escribió en una carta el último día de su vida, el mensaje de mi hermano. Después de un largo viaje de 800 km andando hasta Santiago, que hice ideálmente con él, cuando el “mal olor del compromiso moral, de la indiferencia, de la contiguidad y por lo tanto de la complicidad” que ya apestaba el aire en nuestro país me hizo comprender que nunca jamás hubiera podido sentir ese “fresco perfume de libertad” que Paolo había soñado hasta el último instante de su vida, sentí la rabia que día a día aumentaba dentro de mi y no podía seguir callándome. Comprendí que las cosas había que llamarlas con su nombre, que la gente no podía no saber, no podía seguir creyendo que Paolo había sido un servidor del Estado asesinado por el anti-estado, por la mafia. Tenía que saber que lo que había sucedido el 19 de julio del 1992, no era nada más que un estrago de Estado. La gente tenía que saber que no había, quizás nunca había existido, un Estado y un anti-estado, sino que el uno estaba tan arraigado dentro del otro que ya había corrompido todo el mecanismo y ya no se podían distinguir el uno del otro. El designio que había iniciado a finales de los años 80 y que había tenido su epílogo con los estragos del 92, había dado origen a una segunda República fundada sobre la sangre de esos estragos. Y una república fundada sobre la sangre, nacida de una perversa negociación entre mafia y Estado por la que vidas humanas habían tenido que ser sacrificadas, fundada sobre la base de un designio criminal, mantenida en vida por quien sabe y no habla, por quien es cómplice o inspirador y que se ha vuelto intocable, no le queda más que ir a la terrible deriva que es donde nos estamos encaminando. Un Estado en el que la justicia es amordazada o subordinada al poder, en el que se vilipendia la Constitución y se desatienden los preceptos, en el que se hace estrago de la división de los poderes que constituyen su fundamento, en el que se desencadenan a propósito conflictos institucionales sin precedentes, se pretende gobernar libres de cualquier vínculo y de cualquier control, se pretende concentrar en el poder ejecutivo cualquier otro poder, se anulan decisiones de la magistradura y se desencadena un conflicto con el jefe del Estado con el único objetivo de consolidar el propio poder aunque esto signifique herir en lo profundo del alma a un padre (se refiere al padre de Eluana, una joven muerte al interrumpir la alimentación artificial después de 17 años en coma vegetativo ndr.), una persona como puediera ser cualquiera de nosotros que ha tomado la única decisión que podía tomar por respeto de la persona que un día había sido su hija. Hoy esta rabia que día a día aumenta dentro de mi y que ya no me da ocasión de sentir desilusión o de perderme de ánimo, es la que me tiene vivo.
Y sin embargo, ante este muro de goma contra el que siguen rebotando mis golpes, hoy puedo decir que viendo los muchos destellos de luz que de vez en cuando iluminan la escena del estrago y delinean de alguna forma los contornos, siento que no ha muerto dentro de mi la esperanza de que, si no seré yo, mis hijos, todos los jóvenes de hoy a los que les ha sido robada esta persona así de sencilla y así de grande como lo era Paolo Borsellino, puedan llegar a ver ganar la Justicia y conocer la verdad. Es verdad, nuestra República nunca ha estado tan cerca del borde del abismo del que no se conoce el fondo, pero entre los jóvenes hay muchas fuerzas vivas que no se dejarán subyugar como desgraciadamente ha hecho mi generación, no aceptarán de ser un pueblo de exclavos y de siervos que aceptan estar obligados a agachar la cabeza debajo del tacón de quien está subvertiendo los fundamentos de nuestra República. Hoy, en las tinieblas que todavía envuelven el estrago de Via D’Amelio, rayos de luz hacen entrever mejor lo que todavía no se ha podido ver. Si las revelaciones de un nuevo colaborador de justicia, Spatuzza, no aportan ningún elemento nuevo como para inducir a creer que Scarantino no haya sido más que un caballo de Troya introducido en el proceso de ese estrago precisamente para que después pudiera haber una revisión, el “proceso escondido”, el que se está desarrollando en Palermo y en el que son imputados Mori y Obinu puede aportar, gracias a las declaraciones de Massimo Ciancimino, el hijo de Don Vito, elementos fundamentales de la verdad. En particular sobre el hecho de que la «negociación» fue real, Massimo Ciancimino fue incluso testigo ocular y parte activa como correo del padre, que inició después del estrago de Capaci y no después del estrago de Via D’Amelio, como han sostenido los “Ros” (Grupo operativo especial) y que Don Vito Ciancimino, quiso asegurarse de que fuesen informadas las instituciones al nivel más alto, al nivel del ministro del Interior: Mancino. Ahora para él, que fue asignado a ese cargo con urgencia, trasladando a otro cargo al ministro anterior, Scotti, se le hace cada vez más difícil callar. Yo no tendré paz hasta que no se haga Justicia. Y hasta que no se haga Justicia no daré paz a quien sabe y no quiere recordar, a quien es cómplice y no confiesa, a quien es inspirador o ideólogo y no puede ser procesado.
9 de Febrero 2009