PARA LA ECONOMIA DE LA ESTAFA

LA ULTIMA ESPERANZA ES SIEMPRE LA PENULTIMA

De Giulietto Chiesa – de “Galatea European Magazine”, abril


Una de las cosas más cómicas de esta sociedad del espectáculo es el ver desfilar por las pantallas de la TV, una tras otra, las caras más impudentes de los que han prosperado creando la catástrofe para todos nosotros, con esmero, escondiéndonos lo que estaban haciendo, o tapándolo. Hablo de banqueros, “centrales” y menos centrales, pero también de periodistas, comentaristas de páginas económicas y de primeras páginas. Todos ellos generosamente retribuidos por no decir lo que sabían, o que tenían la obligación profesional por lo menos de suponer.

Y la tengo principalmente contra los que comprendían, los demás eran demasiado estúpidos como para comprender, aunque no lo bastante como para rechazar el meter las manos en el cuerno de la abundancia que tenían delante.

Está claro que no habiendo dicho la verdad antes, no la dicen tampoco ahora. Es más, compiten entre ellos por decir dos cosas, las dos falsas. La primera consiste en el mantra “yo lo había dicho”. La segunda, peor, consiste en pronosticar el tiempo de la crisis. ¿Cuanto durará ? Hay quien dice un año y después “se recuperará”. Los más honrados, y los menos obtusos –y son poquitos- ahora ya admiten que será un largo sufrimiento. Pero el largo plazo, para gente que ha vivido los últimos veinte años “al trimestre” no puede abarcar más de dos años.

Se entiende, en todo lugar, que estamos ya más allá de la gravedad de la «Gran Depresión» del 1929 y de los años siguientes. Después de la cual efectivamente hubo «una recuperación», pero después de más de diez años y fue necesaria una guerra mundial antes. Pero de esto ninguna de las mencionadas partes discuten: significaría pensar en demasiados trimestres más allá. Ahora, que los bueyes se han escapado, hacen gala de sus pronósticos más dulcificados, olvidando recordar por ejemplo que en la víspera del crack del 1929 América era el más grande acreedor neto del planeta, mientras en el 2009 se ha convertido en el más grande deudor mundial. Y olvidamos también que entonces el dólar era todavía «una de las monedas», mientras ahora es «la moneda» de referencia mundial y, si esta cae, no habrá terraplenes que contengan el tsunami planetario.

Después de esto no se puede excluir que haya una «recuperación», pero será necesario entonces tener claro hasta donde se habrá descendido antes de pensar en volver a subir. Un discurso largo y serio, por lo que es mejor volver a lo cómico que consiste, como ya hemos dicho, en pedir pronósticos a los que se han equivocado en todo. ¡Esto si que es fenomenal! Equivale a ponerse en fila cuando se tiene pulmonía para que nos visite un carnicero, o mejor dicho, a prestar la llave de casa al ladrón. Es lo que hacen todos los días las más importantes instituciones financieras mundiales. Para tomar el pulso a la crisis consultan esas mismas agencias de rating que literalmente no han acertado una. Como por ejemplo la prestigiosa Moody’s. O la Standard & Poor’s, o la Fitch. Su voto decidía la evolución de la bolsa de una gran corporación, pero podía condenar o salvar a un país entero. Ahora, si fuésemos a ver sus registros de votos –digamos por ejemplo los de los años 2000-2003, cuando todo ya era evidente incluso para un ciego- descubriremos que daban sobresaliente incluso a los más asnos de los asnos.

¿Cuánto tendrían que valer sus votos ahora? digámosle al oído: cero.

Y sin embargo aquí están otra vez en nuestro cabezal para explicarnos con su aire habitual, como ha sido que el banco que nos habían aconsejado ha quebrado. Nos decían lo contrario. Si lo hubiesen hecho gratis podríamos solo tirarnos del pelo, llorando por haber confiado nuestro pequeño capital a pobres «estúpidos». Mala suerte, ¿que más? Sin embargo descubrimos que además se han hecho pagar por contarnos mentiras.

Y no son hipótesis. Los periódicos han publicado finalmente los mails que se intercambiaban entre ellos los dirigentes de estas sociedades de rating. Solo algunas, se entiende, pero imagino que se pudieran imprimir varios volúmenes con ellas.

“Este negocio es ridículo –escribía uno- no deberíamos hacerlo creíble con nuestro voto”. Y el otro contestaba: “¿Pero qué dices? Nuestro deber es conceder rating a todos, incluso a un título que haya sido estructurado por una vaca”.

Otro –y esta vez estamos en la cumbre de Standard & Poor’s- describe melancolicamente (también los truhanes tienen momentos de debilidad): «la verdad es que no corremos nunca las cortinas de nuestras ventanas para mirar lo que sucede afuera, no nos hacemos preguntas sobre las informaciones que nos dan. Hemos vendido el alma por una fracción de facturación”.

Y el otro contesta –y es el epitafio de toda esta historia, que ya están pagando decenas de millones de desgraciados- “Esperemos que seamos ya pensionados y ricos cuando todo este castillo de papel se derrumbe”.

¿Habéis oído alguna vez a una de estas beneméritas instituciones de rating decirnos que el señor Bernard Madoff estaba estafando a todo y a todos y que lo suyo era una graciosa cadena de Sant’Antonio de 60 mil millones de dólares? Obviamente silencio, pero se descubre ahora que el multimillonario Warren Buffet, en cuya presencia toda la prensa económica se inclina profundamente todavía hoy, es proprietario del 20% de las acciones de Moody’s. Ahora se hace el desentendido porque dice que tampoco a él se le advirtió.

Naturalmente las reverencias continúan, quizás porque le han quedado bastantes miles de millones de dólares como para poner a raya incluso a la Administracción de Washington, pero creo que se le podría preguntar como es que un genio de las finanzas como él se haya callado mientras todos los grandes bancos de inversiones americanos se derretían como nieve bajo el sol.

Quizás era él el que tenía que advertir a «su» Moody’s, visto que estaba participando, más o menos en secreto, a algunas tentativas de rescate precisamente de los bancos que las agencias de rating seguían dando como sólidas.

Y, a propósito de bancos de inversión, ¿os habéis dado cuenta de que han desaparecido todos? Eran cinco, las joyas de la globalización americana. Su volumen de negocios hacía palidecer a los balances nacionales de estados enteros y no de los más pequeños.

Ahora podemos decir, sin temor a ser desmentidos, que eran cinco estafas planetarias. Lehman Brothers y Bears Sterns han quebrado en breve; Merryl Linch ha sido absorvida por un banco comercial (para nada inmaculado), la Bank of America; Goldman Sachs y Morgan Stanley han sido transformadas en bancos ordinarios bajo la garantía de dinero impreso por la Federal Reserve.

En todo esto el Mercado, con la M mayúscula no tiene nada que ver. Si lo hubiesen utilizado no estaríamos en este lío. ¿Y ahora que hacemos, mientras se espera “la recuperacioncita” que, como Godot, todos esperan pero que no llegarà?

Para contestar sería util dar una ojeada a la “cuarta crisis” esa de la que nadie habla, pero que es parte esencial, co-causal, co-partícipe, cómplice del silencio ensordecedor que no ha dejado ver que llegaba la crisis financiera, la energética, la climática, por quedarnos en las más importantes.

Hablo de la crisis de la información, del colapso moral e intelectual del periodismo. Los que deberían contarnos, explicarnos lo que estaba madurando pero que no lo han hecho. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: porque formaban parte de la estafa y por lo tanto no podían contarla. Si no hubiese sido por los medios, en particular la televisión, que construían el gran espectáculo de esta sociedad ilusoria en la que creíamos que vivíamos, si no hubiese sido por la colosal fábrica de sueños y de mentiras, propinada las 24 horas del día y que se ha convertido en el “mainstream” (corriente informativa) global, todo esto de lo que estamos hablando no hubiera sido posible.

¿Señales de arrepentimiento? No muchas. Tomo en la mano el último número de la prestigiosa revista “Time”. La que en febrero de 1999 dedicó su portada al “Comitado que ha salvado el mundo”. ¿Adivina que era el Comitado? Alan Greenspan, Larry Summers y Bob Rubin. Los últimos dos de los tres están además, como las agencias de rating, siempre en la brecha.

Ahora el director de «Time», Richard Stengel, promete guiar a sus lectores en la navegación de un mundo que cambia. «¿Cual será nuestra misión?», dice: «Explicarte que es lo que está cambiando, el por

qué y lo que puedes hacer a tal propósito». ¿Entendida la antífona? Ahora te invitan a participar a la recogida de detritos. ¿Pero cómo se puede hacer? “Con grandes reportajes, dice Stengel, grandes capacidades de escritura, gran fotografía, gran video on line”.

¿Eso es todo? ¿Y hasta ayer que han hecho? ¿No solo “Time”, sino todos juntos, apasionadamente, los medios de comunciación? Pienso en ese oráculo del “Mercado” (siempre con la M mayúscula) del “Economist”, que en todos estos años daba con el bastón en los dedos a cualquiera que osase hablar de que el estado interviniera en la economía, el “thatcheriano” de acero inoxidable que explicaba las maravillas de la globalización financiera.

Pero, para quedarnos en casa, pienso en el “Sole 24 ore”, en las páginas económicas del “Corriere della Sera” y de “Repubblica”. ¿Cómo es que no han advertido? Vuelvo a tomar en la mano el último número de “Time” y miro los títulos. El futuro, para “Time”, es la fotocopia del pasado. “Como poner en alquiler un país entero”; “Africa, el nuevo business”; “Como volver verde el consumo”. Etc., etc.

Una especie de manual para el suicidio.


19 de marzo 2009