Lo que puede hacer un presidente

Giulietto Chiesa


El nuevo presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, es seguramente de otra pasta respecto a su predecesor. Lo primero que le diferencia antes que nada de George Bush: el haber sido elegido. Bajo el efecto de la eufórica campaña electoral que acaba de concluirse, además de la evidente exageración de sus fantasmagóricas cualidades democráticas, todos se han olvidado de que en el 2000 se verificó en los Estados Unidos algo muy parecido a un golpe de estado. En ese entonces, un presidente legítimo, Al Gore, que estaba venciendo incluso en Florida, donde la campaña electoral había sido caracterizada por evidentes irregularidades, fue destronado por decisión de la mayoría de la Corte Suprema de los Estados Unidos, que interrumpió el recuento de votos y asignó la victoria al perdedor.

Después reinó el silencio sobre todo el asunto y el mundo entero siguió la dirección que los organizadores de ese golpe de estado deseaban que siguiera, es decir, la guerra.

Todos, actualmente, hemos tocado con mano el desastre que ese grupo de aventureros provocó. Y Obama hereda un país en plena crisis, primero política y después económica y financiera. Una crisis que no tiene precedentes, por su gravedad, en toda la historia de los Estados Unidos de América, a partir de la sangrienta, pero lejana, guerra civil.

Pero quien es Obama y que podrá hacer para salir de esta situación, nadie puede decirlo todavía. Podemos solo juzgar por los aspectos externos que, sobretodo mediáticamente, son todos positivos. Pero dejando aparte la juventud, el aspecto estético, el color de la piel, la voz, la mujer, de lo que ya se ha hablado demasiado y para ir derecho al tema de su programa, se puede decir solo que el nuevo presidente encaja perfectamente en la tradición de los presidentes democráticos americanos.

Un hombre con una breve carrera sobre la espalda, que emerge de un pequeño pasado como experto por cuenta de instituciones ligadas a la gran finanza americana e internacional, como la Gamaliel Foundation, la Woods Fund, la Joyce Foundation, la Annenberg Foundation y otras que hacen referencia a otra institución bastante más conocida e influyente como la Fundación Ford. La clase financiera dominante le conoce y le aprecia y no le han hecho faltar su apoyo. A quienes tendrá que corresponder de alguna manera, que no será ciertamente marginal.

Obama ha sido un candidato popular, sin duda, pero ha sido elegido por las “élites” americanas más inteligentes y por estos sectores del “establishment” (organizaciones) capaces de evaluar la avería producida por George Bush Junior. Son estos los grupos que han “inventado” a Obama, buscando una alternativa al desastre americano

Una invención, la verdad, muy eficaz, porque ha permitido a los Estados Unidos que recobrase inmediatamente un poco de imagen: la de un país capaz de reaccionar, de reinventarse, de volver a tomar las riendas de la leadership mundial, de recomenzar a dialogar al menos con los aliados más cercanos. Algo parecido a una “nueva frontera” kenediana, seguramente algo que tiene mucho que ver con la retórica del “sueño americano” que no termina nunca.

¿Producirá cambios este nuevo protagonista, que ha salido de la galera de la crisis de la globalización mundial?

Algo cambiará seguramente. El mundo ya sabe que la raíz de la crisis está USA. Ya no se podrá fingir más. Los Estados Unidos, sus corporaciones, saben que sin Europa, América no podrá superarla. El Imperio, por sí solo, no lo conseguiría y esto significa que ya no es un Imperio. Por lo tanto cambiará la política americana hacia el aliado europeo.

Sobre este aspecto Obama procederá tranquilo. No tendrá obstáculos “internos”. Al contrario. Algunas decisiones serán dolorosas, en particular para la industria de las armas, como la de renunciar al sistema misilístico que instalara en Polonia y con el radar anexo en la República Checa. Pero creo que Obama hará las dos cosas, porque son antipáticas frente a la mayoría de los grupos dirigentes europeos: precisamente los que Washington debe recuperar bajo el ala de su fraterna amistad. La otra elección europea que tomará Obama será la de frenar, aplazándola a tiempos mejores, la idea de la anexión de Ucrania y Georgia en la Otan.

No creo que esto signifique renunciar al objetivo estratégico de debilitar y circundar Rusia, hasta sofocarla, objetivo que sigue siendo fundamental para las élites americanas. Pero significa tomar acto de que Europa no puede permitirse el ir a romperse los huesos en un enfrentamiento frontal con Rusia de Putin-Medvedev, por parte de quien tiene todo, absolutamente todo que perder. Si Washington insistiera aún en esa dirección no hay ninguna duda de que las desavenencias de la Alianza Atlántica se volverían muy evidentes y tremendamente peligrosas para los Estados Unidos. Por lo tanto habrá un neto freno. Incluso a costo de desilusionar a todos los aliados est-europeos que en estos años bushonianos han sido animados a bajar la cabeza contra Rusia.

Todavía no está para nada claro si Barack Obama y sus consejeros se hayan dado cuenta de que la guerra desencadenada por Saakashvili contra Osezia del Sur ha provocado en Moscú una seca y radical rigidez. El Kremlin ha dado a entender que no habrá otras retiradas como las que han caracterizado los últimos quince años. Por lo que el nuevo presidente americano deberá dar a entender si desea corregir por lo menos su táctica hacia Rusia y de qué manera, o si tiene intención de mantener alta la presión. Muchas cosas dependerán de esto.

Hay otro baluarte sobre el que Obama no puede dejar naufragar sus promesas: es decir las políticas sociales. Probablemente intentará cumplirlas. Pero esto incluye una política valiente de New Deal, que apareja a su vez una serie de decisiones radicales de repartición de la riqueza. Aquí el conflicto será aún mayor, porque, por cuanto haya sido amplia su victoria electoral, es también verdad que la clase dirigente oligárquica de los Estados Unidos no está en condiciones, primero que nada psicológicamente y culturalmente, a afrontar una repartición de sus inmensas riquezas. Menos que nunca está a la altura de esos filantrópicos sentimientos del complejo militar industrial que hizo subir al poder, con la fuerza, el equipo de George Bush-Dick Cheney.

No se trata de un pesimismo perjudicial lo que anima ciertas declaraciones: es la elemental constatación de que se las “élites” americanas estuvieran a la altura de estas consideraciones, USA no estaría en estas condiciones desastrosas, en las que se encuentra ahora y en las que ha arrastrado también al mundo, a fuerza de “stock options” (posibilidad de comprar acciones a un precio determinado), que los ricos se han regalado a sí mismos, a prescindir de las temerarias burbujas especulativas con las cuales han prolongado la agonía global en el curso de los últimos diez años.

En su primer, y quizás sea el último, encuentro con Bush en la Casa Blanca, ¿qué le ha preguntado Obama? ¡Que encuentre el dinero para sostener la industria automovilística! Claro está que dará un poco de oxígeno en lo que se refiere a la ocupación; es difícil para un Presidente americano tener que registrar la quiebra de la General Motors. Pero es muy evidente que por este camino se vuelve a proponer el mismo modelo negativo de crecimiento que ha producido el desastre.

Hay otro tema internacional, mejor decir global, sobre el cual Obama es llamado a enfrentarse enseguida, el primer año, mejor decir, en los primeros meses, de su presidencia: el de las mutaciones climáticas y del “después de Kyoto”. De aquí a Copenague 2009, donde debiera desembocar, si desembocará, el acuerdo que sustituirá el de Kyoto después del 2012, falta más o menos un año. Los Estados Unidos tienen que decir si tienen intención de participar en el esfuerzo planetario, promovido por Europa, para reducir las emisiones de gas invernadero y para contener el calentamiento climático del planeta. También sobre este punto, que quizás sea el principal, se medirá la capacidad del Imperio de volver a tomar en mano la leadership global. En caso de fracaso el prestigio de los EEUU, especialmente a los ojos de Europa, caerá todavía más abajo.

Pero una rendición por parte de Obama ante los petroleros, en este sentido, daría una señal negativa dramática de la voluntad de Washington de insistir aun hoy con su idea, elevadamente contradictoria, al mismo tiempo que unipolar y aislacionista.

En lo que se refiere al tema de Palestina e Israel, Obama ya ha dicho lo peor que podía decir: Jerusalén, capital de Israel es un bofetón en la cara incluso para el actual presidente palestino. Casi una declaración de guerra al pueblo palestino. Se siente enseguida la potente influencia de las “lobbies” (grupos de presión) hebreas, ejercida durante toda la campaña electoral. El eventual nombramiento de Hillary Clinton a la Secretaría de Estado confirmaría esta línea: la cual contribuiría a aumentar las dificultades en la relación entre Europa y Estados Unidos.

En conclusión, un último tema que parece tener una solución insoluble para Barack Hussein Obama: Irán. La presencia de halcones reconocidos como Zbigniew Brzezinski en su equipo deja presagiar que, en el curso del primer mandato, el nuevo presidente americano tendrá que tomar la decisión que no ha sido posible resolver bajo el mandato de George Bush (no obstante él tuviera un gran deseo de hacerlo): el ataque contra Irán. Ante la certeza de la continuación del programa nuclear irani, todas las “think tank” (cabezas pensantes) de Washington están estudiando en este momento, biparticionalmente, todas las variantes del uso de la fuerza militar para detener Teherán. Israel tiene todas las cartas en la mano para presionar y obtener el comienzo de una ofensiva, porque se puede excluir que Tel Aviv considere la posibilidad de aceptar, bajo ninguna forma, el riesgo de un Irán nuclear.

La prisa con la que Obama ha sido transformado en un icono pudiera demostrarse pronto un grave error. Los problemas de América son mucho más grandes que un presidente. A menos que se trate de un presidente capaz de realizar la “perestroika” de América.


17 de noviembre 2008


Fuente: Megachip