BUENA PASCUA A LOS HERMANOS DE “L’AQUILA”
He estado en L’Aquila. He querido llevar personalmente las primeras cosas que he recogido. He vuelto a ver las imágenes de Sarajevo. Las filas de desesperados que necesitan de todo. Los campos de desesperados privados de todo. El coraje de muchos voluntarios. Los brazos rotos por la fatiga de muchos hombres de todos los sitios. Los ojos de las mujeres que ya no tienen lágrimas. Las caras de los niños sin futuro. He sentido el mismo miedo. Que supera todos los límites. He sentido el sabor amargo de la muerte. El sabor del dolor que es como un cuchillo afilado que rompe el corazón en dos. El corte es tan frío que apenas lo sientes ya te pertenece. Eres tu mismo el dolor.
Instintivamente hubiera gritado pero no lo he hecho. Algunas escenas superaban el límite para mi que he estudiado en esos lugares y he hecho el servicio militar. He retenido el aliento mientras la gente corría deprisa, incrédula de la realidad mientras la tierra seguía temblando sin parar.
He sentido, he proferido, he pronunciado muchas palabras de consolación y muchas se me han quedado en la mente, como las que ha dicho Padre Salvatore: “Verás, un día comprenderás, verás, todo tiene un sentido”. Y al fin de que la muerte no sea muerte y al fin de que el sentido de todo encuentre su significado, el día de hoy tiene que ser un testimonio de la existencia y de la unión estrecha con ese algo que está más allá de todo límite humano. No bastan las iniciativas que de todas formas haremos para expresar lo que todos sentimos dentro. Hay que buscar un significado para no volverse locos de dolor.
Porque con un pensamiento se puede rozar el rostro de Dios que está ahí y que no espera otra cosa… solo ese gesto. Porque las cosas que no comprendemos, los dolores a los que no sabemos dar una explicación encuentran luz, después de tanta obscuridad, solo cuando han alcanzado todos sus objetivos, después de que se han revelado ante nuestros ojos y de que han sido explicados a nuestra mente. Más allá de todo límite.
El dolor forma parte del misterio del hombre en la tierra. Cierto, es justo ser felices y buscar la alegría. Pero es importante también saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta.
¡El sufrimiento no puede no causar miedo! Pero la verdadera respuesta al desafío del dolor, que tanto pesa en nuestra condición humana, reside precisamente en el sufrimiento redentor de Cristo.
Efectivamente Cristo ha tomado sobre Si mismo todos nuestros sufrimientos y se ha cargado nuestros dolores proyectándoles a través de la Cruz y de Su Resurrección, en una luz nueva de esperanza y de vida.
Lo sé que tiene juego fácil quien quiera decirme que estoy desvariando. Lo sé que tiene miles de razones para tacharme de loco la madre que ha perdido un hijo debajo de los escombros. Lo sé que a ese padre que ya no tiene nada no le faltan las palabras para apuntalar la desesperación. Lo se.
Quizás arriesgo el quedarme en silencio también yo, si tu me hablas seguido de los dolores que has visto, de los estudiantes que han muerto en una casa para estudiantes que se supone que tenía que ser segura, de los niños destrozados que yacían en la Plaza D’Armi, de las familias de Via XXº Settembre que ya no tienen nada.
Quizás no tenga nada que replicarte si tocas el tema de la posibilidad de preveer el desastre, de la necesidad de construcciones mejores, de recuperar los centros más viejos.
Quizás me quedaré sugestionado también yo del rostro sutil del pesimismo y me rendiré también yo ante las lisonjas del escepticismo, si me contases de los depredadores, si te escuchare sobre la lentitud con que llegan ayudas, sobre el llanto de los ancianos, sobre la miseria de los desplazados, sobre la desesperación de los chabolistas.
Quizás verás vacilar también mi esperanza si sigues hablándome de Teresa que a los treinta y cinco años ya ha perdido un niño. O de Corrado que a los diez, ha sido operado inútilmente.
Estas cosas las se, pero quiero poner en juego, hasta lo último, todas las cartas de lo que puede resultar increible o absurdo y decir igualmente que nuestro llanto no tiene razón de existir.
La Resurrección de Jesús ha secado los manantiales. Y todas las lágrimas que están en circulación son como los últimos residuos de los tubos después de que han cerrado el acueducto.
Que la Pascua derrote nuestro pecado, haga pedazos nuestros miedos y nos haga ver las tristezas, las enfermedades, las vejaciones e incluso la muerte desde el punto de vista justo: el del «tercer día». Desde ese punto de vista, el Gólgota nos parecerá como el Tabor. Las cruces parecerán antenas, colocadas para hacernos escuchar la música del Cielo. Los sufrimientos del mundo no serán para nosotros la agonía, sino los dolores del parto.
¡Y los estigmas que han dejado los clavos en nuestras manos crucificadas, serán las ranuras a través de las cuales percibiremos ya desde ahora las luces de un mundo nuevo!
Buena Pascua de resurrección y de esperanza a vosotros hermanos de L’Aquila. ¡Y a todos !
Leo Nodari
8 de abril 2009
Fuente: http://www.facebook.com/home.php?#/note.php?note_id=63937824068&ref=nf