
HE ESCRITO EL 25 DE MARZO 2009:
LEED ATENTAMENTE ESTA NOTICIA. EN ESTOS DIAS TAMBIEN NOSOTROS ESTAMOS ESCRIBIENDO SOBRE LOS CRIMENES Y LAS FECHORIAS PERPETRADAS POR LOS HOMBRES DE PODER DE LA IGLESIA CATOLICA APOSTOLICA ROMANA (VATICANO). MUY PRONTO PUBLICAREMOS UNA MINUCIOSA DENUNCIA SOBRE LO QUE HA SIDO ESCONDIDO POR MIEDO A LA VERDAD.
HASTA PRONTO.
GIORGIO BONGIOVANNI
ESTIGMATIZADO
SANT’ELPIDIO A MARE (ITALIA)
25 DE MARZO 2009
LOS PECADOS DE LA IGLESIA
Una institución bimilenaria vista por su peor lado.
La “Santa Casta” no va al paraíso.
Pero en lo que se refiere al Holocausto el autor sostiene que Pio XII hizo salvar a 600 judíos.
El libro escrito por Claudio Rendina hace que Dan Brown parezca un principiante.
Pero en una historia tan larga, por cada infamia hay siempre una virtud.
El caleidoscopio de nequicias eclesiásticas está rico de ejemplos.
FILIPPO CECCARELLI.
A propósito de odio, mordiscos, devoraciones en el Vaticano y dentro de la Iglesia: eh, figurarse, no es la primera vez, bajo este aspecto, la historia ofrece cosas mucho peores. Y por lo tanto, quedándonos en lo amplio y en lo vago, por no decir indulgentes: estragos, envenenamientos, saqueos, hogueras, torturas, idolatrías, simonías, tráficos, nepotismos, incestos, pedofilia, exhumación y vilipendio de cadáveres, sin que falten puestos los paramentos sagrados, y se podría seguir por mucho, siglo tras siglo, con la ayuda de una imponente documentación.
A quien invoca sin cesar al premiado binomio “Raíces & Tradición” contra las fallas del presente relativismo; a quien ve la esperanza o incluso entrevé la salvación en el pasado triunfal de la autoridad pontifica, saldo de valores antiguos e inflexible en la verdadera fe, se recomienda vivamente dar una ojeada a este último volumen de Claudio Rendina, incansable erudito que con la habitual sequedad se mide esta vez con La Santa Casta de la Iglesia (Newton Compton, pag. 383, euro 12,90). Inevitablemente sugestivo el subtítulo: “Dos mil años de intrigas, delitos, lujurias, engaños y tráficos entre papas, obispos, sacerdotes y cardenales”. Así es, y sigue siendo.
Sería injusto ahora disminuir el drama también personal de Benedicto XVI, sobre la conducción de la Iglesia. Y sin embargo, “en la conciencia del largo respiro que la misma posee”, como se lee en la carta que él ha publicado el otro día en el “Osservatore romano”, habrá que reconocer que a algunos predecesores de Joseph Ratzinger les ha ido mucho peor; así como otros papas fracasaron mucho más que él, o que fueron aconsejados de la manera más espantosa, ¡otra que una falta de información“mediante internet”!
El muestrario de Rendina, cuyas distintas cronologías y profundizaciones de historia pontificia son localizables como quiera que sea en las librerías alrededor de la Santa Sede, ofrece en este sentido una remarcable variedad de ejemplos: papas elegidos tres veces, papas que han subido al sagrado trono a base de dinero, papas medio ateos o completamente paganos, papas en verdad muy unidos a sus familias, hasta el punto de dar bautizo al “nepotismo”, papas asesinos, brutos, perjurios, ladrones, perversos, dementes y gariteros. Hay uno, Juan XII, probable “record man” de los siglos obscuros, que nombró obispo a su amante, un niño de 10 años y que descubierto en la cama con una amiga fue tirado por la ventana. Hay otro bastante más famoso, Alejandro VI, de la familia Borgia, que hizo locuras de todo tipo incluso la corrida bajo el “Cupolone” que en las imágenes repartidas “in solemnitate pascali” el año pasado en la basílica de San Pedro, que llevaban representada la imagen de la Resurrección de Cristo del Pinturicchio, ese…, justo ese papa, que además era el comisionista de la obra, resulta cancelado del cuadro, como en las fotos de la nomenclatura soviética después de la Gran Purga.
Aunque se trate de hechos que se pierden en la noche de los tiempos, obvio para una institución bimilenaria. Pero, en suma, antes de Rendina, el pecado que desde el principio pesa sobre la Iglesia ha inspirado la más elevada poesía y literatura, desde Iacopone a Dante, desde Petrarca hasta al Belli, y demás.
Pero hoy todo parece estar removido del discurso público y en particular del bagaje ideológico teo-con (de Theoconservative), según la antigua práctica, por otra parte Evangelista, de la paja y la viga. A partir de los primerísimos comercios de lóculos y reliquias en las catacumbas, a la controvertida carrera del actual comandante de las Guardias Suizas; de las torturas de la Inquisición a las infames prácticas del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, sobre los inocentes; de las cortesanas que en la Curia del Quinientos se comportaban como auténticas «papesas» hasta las especulaciones de la construcción post-resurgimiento, el libro de Rendina de cierto se presenta como un caleidoscopio de nequicias eclesiásticas, un prontuario de inmoralidad vaticana, después de lo cual Dan Brown parece un desprevenido principiante.
Entonces pues quizás se deberían leer estas páginas como un ensayo histórico de la genealogía y el desarrollo imprevisto de un poder que más que ningún otro en la superficie de la tierra obliga a los hombres con la capa blanca a hacer las cuentas con la esencia del sagrado y al mismo tiempo con las inexorables necesidades del profano; y cuanto más dicha soberanidad se concentra en la materia, en los cuerpos, en el dinero, en las apariencias, más automáticamente lo resiente el espíritu o el Espíritu, si se prefiere. Y si bien también para la Santa Iglesia Romana los tiempos son los que son, tiempos de temores, de retornos, de barreras, sería equivocado liquidar toda esta turbia re-evocación como si se tratara del habitual complot laicista. Y no solo porque el autor está fuera del ambiente, es más, en lo que se refiere al tema de las responsabilidades de Pio XII en el Holocausto abraza la tesis opuesta, sosteniendo que la Santa Sede puso a salvo 600 mil judíos “con un empeño financiero no indiferente”. Pero sobre todo porque a través de una lectura desinteresada y sin perjuicios salta a la vista clarísimamente como en una historia tan larga y tan humana, por cada infamia haya habido siempre una heróica virtud; y por lo tanto por cada sinvergüenza de la Santa Casta corresponde un santo, por cada sagrado verdugo o estafador un Francisco de Asís, por cada Borgia, un Filippo Neri, por cada Marcinkus, una Madre Teresa de Calcuta.
Esta necesidad ambivalente merecería quizás más humildad. Ahora, por decir, hay crisis. Cuando se vieron los primeros efectos, el pasado otoño, un inteligente hombre de bancos, además de acreditado editorialista del “Osservatore romano”, Ettore Gotti Tedeschi, que ya nos fue indicado por haber aconsejado a los manager que hicieran ejercicios espirituales, ha explicado sin muchos detalles en una entrevista que detrás del origen del desastre financiero está la ética de los banqueros protestantes, mientras nuestros hombres de finanza, es decir, los católicos, “son por la mayor parte serios, transparentes y dotados de visión ética”.
¡Y menos mal que se puede estar tranquilos! Aunque después nos pasan por la mente los besos de Fiorani al pío governador Fazio, el crack Parmalat, el mega-católico Tanzi que se llevaba a dar una vuelta en su aeroplano a cardenales; y es una lástima que no se pueda escuchar al respecto a Nino Andreatta, que fue ministro del Tesoro y que tuvo bastante que hacer en los tiempos del escándalo Ior; por no citar a Sindona y Calvi, pobres muertos asesinados, ambos en su tiempo “banqueros de Dios”. Mientras que sin embargo Dios no tiene mucha necesidad de banqueros personales o nacionales, a diferencia del Vaticano, que en cambio hace dos mil años que se empeña con tesón y se desmoraliza detrás de la riqueza en forma de aranceles penitenciales, venta de indulgencias, proficuas cruzadas, fabricación de jubileos, peripecias monetarias, equilibristas accionarios y financieros. Y quizás ahora, en alguna misión “sui iuris” en las Cayman, algún titulito tóxico en la cartera podría quedarle todavía, como ya ha sucedido en las mejores familias de la finanza.
El Papa, que ya ha dicho muchas buenas palabras sobre la crisis y sus víctimas, pronto publicará una encíclica social «Caritas in veritate». El título suena un poco arduo, pero está claro que un gesto simbólico no vendría mal. Mientras tanto, en lo que se refiere a odio, mordiscos, devoraciones y humanas debilidades vale como quiera que sea el salmo 129: “Si iniquitates observaveris, Domine, quis sustinebit?". Si llevas cuenta solo de las culpas, oh Señor, ¿quién podrá existir?
La Repubblica – 17 de marzo 2009